
Ayer, después de cocinar unas patas de pollo a la española, me fui a ver si enganchaba algo en la tele, y justo empezaba "Memorias de una Geisha" ("Memoirs of a Geisha", 2005), película que hace rato tenía ganas de ver, sí, confieso, por las chinitas lindas. Y no la pifié, ¿eh?, que había unas re chinitas. O japonesitas mejor dicho, pero bue, chinitas es la generalización platense para todas las chicas de ojos razgados, desde las orientales natas hasta las rolinguitas locas que me gustan tanto. Bue, la cuestión es que la película cuenta a lo largo de la historia de vida y de amor de Chiyo, una linda guacha de ojos color de cielo, lo que es una geisha. La película es documental, narrativa, dramática y romántica, toda en una.
Sintéticamente, habla de la guachita en cuestión, que es vendida por su familia (o algo así, la verdad que la agarré apenas empezada) a una okiya, o casa de geishas. Así, la separan de su hermana mayor que es vendida a otra okiya y empleada como trola. Ahí es todo muy jerárquico, así que tiene que acostumbrarse a agachar la cabeza y ser tratada como basura, a pesar de sus ojitos claros. En fin, entre idas y venidas y acciones rebeldes, la guacha termina siempre chocándose contra la pared, comiéndose reprimendas y sufriendo condiciones denigrantes, parte de ello provocado por los celos/envidia de la geisha más piola del condado, Hatsumomo; alta perra, pero una vívora total, en síntesis.
En un momento, dando unas vueltas por la ciudad se cruza con un tipo que va acompañado de dos geishas (un pez gordo, o sea) y se muestra muy amable con ella, le compra un helado, le da aliento, bla, bla. Así -y esta es la parte que definitivamente no me convence de la película-, ella se enamora del chabón y se propone convertirse en una geisha con el solo objetivo de conquistarlo. A partir de ahí la película da un vuelco, porque tanto como antes a la guacha le salía todo mal, ahora la tortilla se rebela y las kosas empiezan a salir mejor. Resulta que viene una geisha retirada, de esas que se dedican a entrenar a las más jovenes, y la amadrina a la guacha, negocio mediante con la okasan de ella (la vieja encargada de la okiya).
Entonces se convierte en una maiko (aprendiz de geisha) y empieza todo el entramiento en las distintas disciplinas que debe manejar: modales, danza, música, etcétera. Ésta es la parte más interesante, porque explica en el proceso de la historia lo que era de hecho una geisha: no una puta, ni cerca, sinó una mujer que vendía su cultura, brindando entretenimiento y compañía a los gaturros de plata nipones. El trabajo también tenía mucho de juego sexual, porque masvale que los tipos codeándose con esas zanjudas se iban calentando y calentando en las sucesivas sesiones de joda -llamadas o-chaya, o reuniones de té-, pero nunca al punto de llegar al contacto físico. Luego de tantas prácticas, en un momendo dado pero premeditado, la okasan decidía cuándo la maiko estaba lista para vender su virginidad -rito llamado mizuaje-, para lo cual se hacía una subasta entre los jeropas.

El otro quiebre se da cuando para la guacha todo empieza a salir más piola, y entonces estalla la guerra. O mejor dicho, el final de la guerra. Contemporáneas de toda la bataola facha, estas nenas niponas vieron su cultura arruinada y prontamente casi extinta. Es interesante cómo se cuentan los sucesos, porque a Sayuri (Chiyo de grande) la mandan a recluírse en unas montañas, para mantenerla alejada del peligro, y ahí su mundo se congela. Ella no cambia nada, sigue siendo una señorita casta, pura, hecha y derecha, y cuando vuelve al mundo civilizado se encuentra con una banda de soldados yankis que sobrellevan la posguerra mamándose y haciendo fiestitas con putas locales. Vuelve, y se encuentra con viejas amigas, con viejos amigos, y con su amado, sobre todo. Otra vez el carreteo de sobrellevar tristezas y desilusiones, y finalmente.. bueno, no voy a hacer lo que mi vieja y contar el final, ¿eh?

Estéticamente la película es impecable, no se le puede criticar nada. Tiene mucho ambiente, mucho, y logrado además. Por regla general la cosa está gris, tanto en la tétrica reclusión de la okiya como en los vastos paisajes japoneses; pero cuando hay cabida para la alegría, la onda es colorinche colorinche. La escenografía mata, te hace flashar el Japón ese de las puertas corredizas de papel. Bueno, los vestuarios también, otro lujo, aunque no entiendo un carajo de kimonos y toda esa bola, pero altas pilchas usaba esta gente, mucha facha, ojito. Puedo afirmar que esta película es un espectáculo visual en todo sentido.
Rematando, la película viaja, vale la pena verla. No le doy un buen puntaje porque cada vez reniego más de los números, pero está repiola, mirenlán.
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Las imágenes me las prestaron sin consentimiento los de The Internet Movie Database. ¿Podés creer que los culorotos no te dejan usar el botón derecho del ratón?
Escrito entre el 17 y el 25 de febrero de 2008.
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